Drácula, redescubriendo al vampiro más famoso

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Con cerca de 270 versiones entre el cine y la televisión, Drácula se ha constituido como uno de los personajes históricos más adaptados a la gran pantalla, y el más tergiversado con diferencia. Recientemente la Universal Pictures anunciaba un nuevo largometraje, dirigido por Gary Shore y protagonizado por Luke Evans, que narraría los orígenes del vampiro más famoso de todos los tiempos. Si bien nunca ha existido una separación clara entre la realidad y la ficción en Drácula, un vistazo al pasado tal vez nos revele cuánto hay de verdad en su leyenda.

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Desde que Bram Stoker la inmortalizara en su novela de 1897, la figura del vampiro ha estado ligada a las formas y maneras de Drácula. Bela Lugosi, Christopher Lee o Gary Oldman, entre otros, han perpetuado este prototipo sofisticado y ambivalente. Tan solo Max Schereck y su Nosferatu logran desmarcarse del canon, aunque legando la palidez cadavérica que todos conocemos. Ahora Drácula: La leyenda jamás contada (‘Drácula Untold’, 2014) promete renovar el clásico retrocediendo en el tiempo hasta la misma raíz de Vlad Tepes.

Redescubriendo a Vlad Tepes

Aunque pueda sorprender, los vampiros han estado muy presentes en el folclore de todas las culturas desde la Antigua Roma. El ‘dearg-due’ de Irlanda no ofrece grandes diferencias con respecto al ‘wampir’ polaco o al ‘strigoi’ rumano. Cada uno de ellos causó un gran impacto en su sociedad, y todos juntos en la cultura occidental, que se interesó por estos seres sobrenaturales. Incluso algunos ilustrados del siglo XVIII, como Voltaire, se mostraron fascinados por el fenómeno, si bien desde el escepticismo. Como no podía ser de otra manera, no faltan personajes históricos aquejados de vampirismo, aunque solo uno de ellos merece cierta atención.

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Tal como vemos en el film, Vlad Tepes —más conocido como Vlad Draculea o Drácula a secas— es el príncipe de Valaquia, una vasta región que comprende los actuales Moldavia, Rumanía y Transilvania, asediada por el imperio Otomano, que hace estragos en los campos y extiende la muerte entre la población. Nuestro protagonista, interpretado por un afligido Luke Evans, deberá enfrentarse a estos invasores o renunciar al legado de su familia y de todo cuanto ama.

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A medida que avanzamos en la historia, comprendemos que este no es el Drácula de Coppola, ni tampoco el de Van Helsing. Las motivaciones afloran por primera vez en el clásico, y también el punto de vista unilateral nos obliga a compadecernos del personaje, que pronto se verá arrojado a una decisión que jalonará su destino y por extensión, el de Valaquia.

Dado que los turcos le superan en número, Vlad no encuentra más alternativa que pactar con el diablo y convertirse en el monstruo que abunda en este subgénero. De este modo, Drácula adquiere nuevos matices, más elevados, acordes al concepto del personaje que encontramos en Rumanía, donde se le considera un héroe nacional a la altura del Cid.

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Los hechos que siguieron, sin embargo, distan mucho de ser heroicos, y desde luego no son en modo alguno equiparables a las proezas del caballero castellano. Es en este punto donde la historia se desdibuja, en que los poderes sobrenaturales de Vlad enmascaran las atroces medidas disuasorias del personaje real. Y es que detener a todo un ejército con un tornado de murciélagos es mucho más ‘palomitero’ que empalar a 40 mil otomanos a orillas del Danubio.

En cualquier caso, si quieres descubrir el desenlace de esta precuela, tienes una cita obligada en los cines con Drácula: La leyenda jamás contada. A todas luces la versión de Gary Shore se suma a la fantasía épica que ya encontramos en Maléfica o en Blancanieves y la leyenda del cazador y promete cosechar un éxito arrollador. Todo parece indicar que los disfraces de vampiros y vampiresas volverán a levantar pasiones este Halloween.

Publicado en Cine y TV el por Miguel de Vega.

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