Robin Williams, el maestro de la comedia

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Robin Williams, una de las figuras más destacadas del cine norteamericano, ha dejado tras de sí un legado incalculable, rebosante de vida, magia y genialidad. Y es que hablar del Dr. Patch Adams, del profesor John Keating o de la hilarante señora Doubtfire es hablar de personajes que han marcado a toda una generación de espectadores, pero quizá el mejor y más profundo de todos ellos fuera el mismo Robin Williams. Indudablemente su talento deslumbró a la academia y se ganó el reconocimiento de la crítica, pero fue su persona la que nos conquistó a todos.

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Como no podía ser de otra manera, la trayectoria del actor estadounidense no estuvo exenta de dificultades. Tampoco su vida privada se desarrolló sin altibajos, y quizá entre una y otra, entre el artista y el hombre, se encuentre el origen de ese mar de incógnitas en que chapotea la mala prensa estos días. En cualquier caso, una cosa es segura: Robin Williams no dejó a nadie indiferente.

Del mimo de Central Park al comediante más famoso de América

Para el hijo de una modelo y un ejecutivo de clase privilegiada, la interpretación nunca estuvo entre sus planes. Pero hacia 1970 el joven Williams ingresó en la academia de arte dramático Juillard School, y ya nada volvería a ser igual. Descubriría entonces dos de sus bienes más preciados, que habrían de acompañarle para siempre: el arte de la interpretación y la amistad de Christopher Reeve.

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Aunque suele recordarse a Mork & Mindy como la serie televisiva que dio a conocer a Robin Williams, lo cierto es que supuso mucho más que eso, supuso el despegue de su carrera. Unos años antes, había actuado en teatros, clubs y fracasado en cientos de audiciones. Probablemente estas primeras decepciones le empujaron a vestirse de mimo y actuar en los jardines neoyorquinos de Central Park.

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No deja de sorprender la casualidad que llevó a Daniel Sorine, fotógrafo aficionado, a inmortalizar a uno de los grandes cómicos del cine. Claro que entonces nada sabía del artista al que retrataba, como tampoco sabía el valor incalculable que alcanzaría aquella fotografía. Solo sabía que aquel tipo desprendía «una insólita energía, personalidad y fluidez física».

Posteriormente la gran pantalla nos mostraría lo mejor del actor, con actuaciones sobresalientes en Popeye (‘Popeye’, 1980) y Un ruso en Nueva York (‘Moscow on the Hudson’, 1984) primero, y en Buenos días, Vietnám (‘Good Morning, Vietnam’, 1987), Los buenos tiempos (‘The Best of Times’, 1986) y el Club Paraíso (‘Club Paradise’, 1986) después; aunque no fue sino a finales de los años ochenta cuando consolidaría su carrera con una de las películas más bellas que se recuerdan.

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El Club de los Poetas Muertos (‘Dead Poets Society’, 1989) significó mucho más que una grandísima actuación, mucho más que un taquillazo de 140 millones de dólares, significó el reconocimiento definitivo del actor por parte de la academia, lo que le valió una merecida nominación al Óscar.

Este privilegio, sin embargo, no le llegaría hasta la década de 1990. Sería su momento más prolífico, aunque también el punto de inflexión que acabaría por eclipsarle, no tanto profesional como personalmente.

Una estela de sonrisas y lágrimas

En 1995, Christopher Reeve quedó cuadriplégico tras sufrir un accidente de equitación. Para Williams, su colega y amigo íntimo, debió ser un duro golpe, que supo afrontar con una sonrisa y grandes dosis de humor, como era su costumbre. Tampoco su primer divorcio, unos años atrás, pudieron hacer mella en su espíritu alegre.

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Como contrapunto, el actor pasaba por su mejor momento. Eran los años de El Rey Pescador (‘The Fisher King’, 1991), de Despertares (‘Awakenings’, 1990), de Hook (‘Hook’, 1990), de la Señora Doubtfire (‘Mrs. Doubtfire’, 1993) o de El indomable Will Hunting (‘Good Will Hunting’, 1997), grandes obras y mejores personajes que le valieron hasta 5 Globos de Oro. Tales éxitos, sin embargo, no hicieron sino enmascarar un incipiente conflicto interior, que se traduciría en diversos escándalos, un segundo divorcio y una galopante adicción a las drogas. Indudablemente había un vacío en Williams, que solo pudo llenar entregándose al oficio y, en mayor medida, ayudando a los demás.

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La primera vez que Reeve volvió a sonreir tras el accidente fue gracias a nuestro cómido empedernido, que imitando a un estrafalario doctor, consiguió arrancarle unas carcajadas. Ni siquiera Steven Spielberg pudo escapar a su humor, ya que durante el rodaje de La lista de Schindler, el director recibía constantes llamadas de Williams para infundirle ánimo.

En la recta final de su vida, Insomnio (‘Insomnia’, 2002), Retratos de una obsesión (‘One Hour Photo’, 2002), sus apariciones en la saga de Noche en el Museo (‘Night at the Museum’ 2006-2014) o el doblaje de diversos largometrajes de animación culminaron su obra; una obra extraordinaria, soberbia, pletórica de gracia, humanidad y esa genialidad reservada solo a unos pocos; una obra que, sin embargo, nos parece incompleta, extrañamente incompleta.

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Tal como Williams nos enseñó, «una pérdida real es sólo posible cuando se ama más de lo que te amas a ti mismo», y es indudable la presencia de este sentimiento entre los que recibimos el privilegio de ver, oír y sentir al maestro de la comedia en cada palabra, en cada verso y en cada sonrisa.

Publicado en Cine y TV el por Miguel de Vega.

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