¿Quién fue realmente Julio César?

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Decir que Julio César conquistó la Galia, unificó Europa y cambió el rumbo de la historia es reflejar, sin embargo, una parte minúscula de sus innumerables proezas, de sus anécdotas personales y de su agitada biografía. ¿Por qué tenía la fuerza de mil hombres?, ¿cómo pudo alzarse con la ‘corona’ del Imperio Romano? y, si llegó a ser tan amado, ¿por qué fue asesinado? Prepárate para descubrir todos los secretos de uno de los hombres más poderosos y enigmáticos de todos los tiempos.

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Hacia el año 100 a.C. el mundo vio nacer a Cayo Julio César, en el seno de una familia noble pero venida a menos. Contrariamente a las apariencias, el futuro comandante supremo de las regiones occidentales del Imperio Romano pasó su niñez en las calles de la Subura, uno de los barrios menos favorecidos de la ciudad, y hubo de demostrar su valía en innumerables ocasiones para ascender en el escalafón.

Como suele ocurrir, posteriormente se diría que su destino, y en consecuencia el de todos los romanos, estaba escrito en las estrellas. Tanto es así que poseía una ascendencia legendaria, o así lo creían sus contemporáneos. Reyes y dioses eran sus antepasados, dado que se daba por hecho que la familia de los Julios estaba entroncada con el mismísimo Venus.

Con el paso de los siglos, historiadores de todas las lenguas se han dejado seducir por la importancia de este romano, llegando a poner su nombre (casi con calzador) junto a la invención de la cesárea, por ejemplo. Pero no. Nuestro héroe no fue el primero en nacer por este procedimiento, ni mucho menos contribuyó a su creación. Sin embargo, sí que le debemos el nombre de uno de los meses más calurosos de año, julio, así bautizado en honor a su nacimiento. Y tampoco puede negarse que los títulos ‘Zar’ y ‘Kaiser’ encuentren sus orígenes en él. ¡Ay, la historia es una inagotable caja de sorpresas!

Más allá de la evidente mortalidad de un personaje convertido en leyenda, conviene subrayar su grado de humanidad. Retrocediendo en el tiempo, mucho antes de despuntar en la carrera política, podemos ver a César arrodillado frente a la estatua de Alejandro Magno, lamentándose a lágrima viva por no haber igualado con su misma edad los éxitos del rey macedonio. También son célebres sus episodios de epilepsia, sus desmayos en público o la galopante calvicie que le avergüenza. Pero volvamos a la leyenda…

La fuerza de mil hombres

El de Subura conoció una juventud agitada, llegando a sufrir el secuestro de unos piratas y el exilio de Roma, entre otros avatares que cincelaron su carácter, considerado peligroso ya entonces. Sorprende que el dictador Sila, airado con César, entreviera en él a “muchos Marios” (Cayo Mario, célebre golpista), palabras altamente reveladoras que atribuyen a nuestro protagonista una peligrosidad quizá infundada, sobretodo considerando que no contaba más de 16-17 años.

Estamos, además, ante un hombre inteligente, de elevado ingenio, que no se limitaba a concentrar sus energías en la batalla o en la política. Una muestra de ello es el cifrado por desplazamiento o cifrado cesariano, método que empleaba con frecuencia en sus misivas militares y que le permitía encriptar el mensaje. Por otra parte, su carisma iba más allá de las letras. Aunque la totalidad de sus obras, impecablemente elaboradas, ensalzaron su imagen ante el pueblo romano, sería erróneo olvidar la contribución de su valentía y su entrega en combate.

La Guerra de Alejandría nos brinda un buen ejemplo. Se cuenta que, tras escapar de una muerte segura arrojándose al mar, nadó sin descanso durante más de una hora manteniendo su brazo derecho en alto, para salvaguardar unos escritos oficiales. A diferencia de otros generales, César marchaba a la vanguardia de su ejército, a veces a pie, demostrando su habilidad con las armas y dando argumentos a quienes le atribuían la fuerza de mil hombres. Así las cosas, la elocuencia de sus actos era comparable a la de sus palabras: Vine, vi, vencí…

Por contra, algunos de sus edictos son, cuando menos, singulares. A raíz de un caso extremo de aerofagia, se hizo público que toda persona tenía derecho a expulsar sus gases en banquetes u otros eventos públicos, sin que por ello pudiera censurársele. Tras su muerte, y gracias al tribuno Helvio Cinna, se supo además que el emperador tenía en su agenda promulgar una ley que le permitiera contraer matrimonio y tener hijos con todas las mujeres que se le antojasen. Un detalle significativo, ya que su unión con Cleopatra no fue sino uno de los muchos eslabones que componen la cadena amorosa de este personaje.

Los Idus de marzo…

Lamentablemente la ambición que encumbró a Julio César, también le hizo caer. Si bien fueron muchos sus caprichos y excesos, nos parece inconcebible que hasta sesenta personas, acaudilladas por Casio y Bruto, se levantaran contra él en el Senado y le dieran muerte a los pies del busto de Pompeyo. Con 23 puñaladas, nada menos. Justas o injustas, esas veintitrés “bocas sangrantes”, como recordaría Shakespeare en su conocida obra, pusieron fin a un estratega insuperable, a un político sin igual y a un hombre, en una palabra, irrepetible. Una rúbrica sangrienta “para un hombre de vida realmente épica”, como apuntan algunas fuentes.

Sólo Alejandro Magno y Napoleón logran rivalizar con las habilidades y conquistas del dictador romano en los último tres mil años de historia. Desde luego, la figura de Julio César se ha ensanchado a nuestros ojos, y ya no tienes excusas para enfundarte este y otros trajes de romano en la próxima fiesta de disfraces. ¡Lo pasarás en grande!

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